Desde niño supe que tenía un guía, que era, a la vez, oráculo y mentor. Pero nunca fui capaz de expresar ese reconocimiento, ni en mi infancia ni en mi juventud, y ha tenido que llegar la senectud para tomar conciencia de ello.
Rescatar viejos recuerdos a lo largo de los últimos tiempos hizo que me transportara a aquellos primeros años y, casi de forma inconsciente, nació una sucesión de cuentos oníricos con ese progenitor, que supuso un cotejo de costumbres, sentimientos y formas de vida, antiguas y actuales, separadas por casi tres cuartos de siglo. Mi corolario particular se resume en un homenaje a esa persona excepcional.
Todo ese subliminal proceso eclosionó, poco a poco, en mis continuas evasiones a la naturaleza exuberante de uno de los bosques de Laurisilva de la isla de Tenerife, que ha ido despertando las emociones de quien ya camina lentamente y vislumbra una retirada.