Hay lugares que no son solo un territorio, sino una forma de mirar el mundo. Las islas, por ejemplo, producen una cierta extrañeza: el horizonte siempre está ahí, pero nunca se alcanza del todo. Quizá por eso quien vive en una isla aprende a imaginar, a mirar más allá de lo que tiene delante, a sospechar que lo visible nunca es todo.
Este libro sale de esta intuición, y de esa extrañeza.